“Comienza nuestra curiosa travesía. Al fondo, ustedes pueden espejar desde este preciso instante la deslumbrante salida. Si lo desean, pueden solicitar su inmediato desembarco y cruzar a nado, pero debo de advertirles que no hay orillas perceptibles, lo que crean ver u oír no será más que fruto de la confusión de sus mentes, vagos espejismos sin viabilidad posible”-.
(La luz oscurece y en las nacáreas paredes del túnel se observa una tonalidad discreta)
Un mudo rompe a gritar por sorpresa. Un sordo salta del bote al creer escucharle, llevándoselo consigo. El bote se tambalea. Quedan diez asientos, y yo. Misántropos.
Relajo mi cuerpo cual murciélago en la proa de mi insigne velero gabela. Óptica real. Duermo en desgracia, en la insolidaridad de mis manos, que bien pudieron coger la copa de vino antes de que cayera al suelo y rompiera en añicos.
La barca continúa su particular viaje por el túnel. El maldito reloj no cesa de sonar: tic-tac, tic-tac…Siento un hambre atroz de victoria, pero asiento comunicarme que no existe nada que ganar. Soy único e inigualable, no insuperable.
No soporto la soledad donde el barco es la isla y cual náufrago me tiene retenido, ya, contra mi voluntad. Niño ya no, ni hombre todavía, como diría el poeta, desespero mientras voy conociendo mi sed, aun inexperta, y solo el miedo a saltar me retiene consumido. Respiro, reticente, en el mundo del monocromo arco iris.
¿Por qué siento miedo y mis palabras me amenazan cual manada de lobos en la oscuridad del bosque del “enamorado”?